Garragélida - Capítulo 10: Código

Story by Rukj on SoFurry

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#10 of Garragélida

¡Buenas a todos! De nuevo, debo disculparme por el tiempo que me ha costado subir este capítulo (se está convirtiendo en costumbre, por lo que veo). He estado algo ocupado con exámenes y con los planes de verano, así que no he tenido mucho tiempo para escribir ni para traducir el capítulo al inglés, que es realmente lo que más tiempo me quita.

En cualquier caso, espero que os guste y, ¡gracias por leer!


Zèon echó una mirada a su alrededor, cautelosamente, antes de responder.

Al parecer, se encontraba a solas con Sophia en aquella sala. No había ni un solo guarda a la vista que hubiera podido impedirle atacar a la mujer en el caso de que hubiera querido acabar con ella en aquel momento. ¿Acaso se sentía ella lo suficientemente segura como para presentarse ante él sin la menor precaución, incluso después de lo que le había hecho a Camus? La respuesta a aquella pregunta no tardó en llegar a la mente de Zèon, llenándole de preocupación.

<<Sabe que no voy a hacerle nada>> pensó, sombrío <<Tiene a Luca, y si le hago algo, será él quien pague las consecuencias>>.

De nuevo, el zorro dirigió una mirada cargada de curiosidad y temor a la extraña mujer que permanecía sentada en el centro de la sala, mirándole con aquella insultante media sonrisa. ¿Por qué parecía que le conocía tan bien? ¿Y por qué había dicho apenas unos minutos antes que ambos compartían muchas cualidades? La mera idea de compartir algo, por poco que fuera, con aquella psicópata, le llenaba de inseguridad.

-No hay nadie -dijo entonces la mujer, descruzando la pierna que tenía levantada e inclinándose un poco hacia adelante en su silla, mirándole por encima de sus gafas -. Sólo estamos aquí tú y yo.

-Ya me había dado cuenta -masculló Zèon, molesto por el hecho de que ella hubiera vuelto a adivinar lo que pasaba por su mente.

-Es probable que pienses que esto se trata de una trampa -prosiguió la mujer -. Pero créeme, habría tenido oportunidades de sobra de haberte atrapado antes. De hecho... llevas más de diez meses atrapado aquí.

La propia mención de su aprisonamiento provocó que Zèon se estremeciera.

-¿Por qué? -pudo preguntar, a media voz.

-No voy a responder a esa pregunta -respondió Sophia, afilando su media sonrisa -. Estoy segura de que tú mismo podrás encontrar la respuesta en cuanto te haya enseñado un par de cosas.

Dicho esto, la mujer se levantó de la silla y la rodeó lentamente, para después echar a andar hacia uno de los rincones de la sala. Zèon dudó durante unos instantes, todavía confuso por el giro que habían dado los últimos acontecimientos, aunque finalmente se decidió a seguirla.

Se reunió con ella en un rincón que se encontraba apenas iluminado por aquellas extrañas luces eléctricas del techo. A pesar de mantenerse a una distancia prudencial de la mujer, el zorro ártico pudo percibir que ella ya no sonreía, sino que mantenía sus ojos fijos en algo que se encontraba delante de ella, con expresión neutra. Siguiendo su mirada, el zorro ártico se encontró con un ancho panel de color oscuro.

-¿Sabes qué es esto? -le preguntó la mujer, suavemente.

Zèon negó con la cabeza. A pesar de no estar mirándole en aquel instante, Sophia pareció percibir su respuesta, y añadió:

-Me lo imaginaba. En tu mundo aún no existe nada parecido. Presta atención.

La mujer hizo un rápido gesto a su derecha y la placa de color oscuro pareció iluminarse. De repente, multitud de formas aparecieron en ella, casi inmóviles, tantas que por unos segundos Zèon tuvo verdaderos problemas para averiguar de qué se trataba. Pero finalmente, comprendió.

-Somos todos nosotros -musitó, sorprendido. En aquella pantalla podía ver pequeñas imágenes de todos los ángulos posibles de la Caja que, como un mosaico, mostraban una panorámica de lo que estaba sucediendo. En aquel momento, lo único que se podía ver era el edificio a oscuras, y las habitaciones en que todos dormían -. Así es cómo nos observabas -añadió, sólo para asegurarse.

Pero Sophia negó con la cabeza.

-Este es el puesto de control de los trabajadores gubernamentales -pronunció aquella última palabra con un extraño tono -. Yo tengo mi propia forma de vigilaros, que me parece extremadamente más práctica e interesante. Pero ninguno de esos idiotas podría entenderlo.

-Recuerdo haber visto algo similar en... la sala de juegos -musitó el zorro ártico. Sin embargo, en las placas de la sala de juegos las figuras que se veían no eran reales, sino dibujadas, a pesar de crear una ilusión de verdadero movimiento.

Sophia esbozó una leve sonrisa, adivinando lo que pensaba.

-Pensamos que la visualización de imágenes reales grabadas podría suponer un desafío excesivo para el entendimiento de los kane y los fehlar. Los gubernamentales tenían miedo de que os pusierais... nerviosos. Pero parece que se equivocaban. Qué sorpresa -añadió, con sorna, dirigiendo una mirada de reojo a Zèon, como tratando de estudiar su reacción.

El zorro ártico estaba maravillado por lo que veía, pero ahí acababa todo. Realmente, había estado esperando desde el principio que Sophia dispusiera de algún método así para controlarlos a todos, e incluso había llegado a pensar en otras posibilidades más espeluznantes. Sin embargo, lo que realmente le maravillaba era el pensamiento detrás de aquella invención: el hecho de que alguien hubiera hecho posible aquello.

-¿Fuiste tú la que...? -comenzó, titubeando.

-Oh, no. Esto tiene ya un par de siglos de historia en el sitio del que vengo... Me sorprende que Sapiens V no te haya dicho nada al respecto.

-Hay muchas cosas que aún no ha tenido la oportunidad de mencionarme -murmuró el zorro ártico, sacudiendo lentamente la cabeza.

-No te quejes por ello. Después de todo, tenías otras prioridades -dijo la mujer, dándole la espalda a la pantalla de cámaras y comenzando a caminar hacia el fondo de la sala, sin mayor explicación.

Zèon permaneció observando durante algunos segundos aquel prodigio de la tecnología que permitía saber dónde estaba cada uno de ellos en cualquier momento, pero finalmente se giró también y comenzó a caminar tras Sophia.

En ese momento, volvió a pensar en lo ridículamente fácil que habría sido cortarle el cuello con una de sus garras, buscar alguna manera de salir de allí. Pero el efecto de la curiosidad y sus ganas por resolver el misterio que envolvía la Caja estaban empezando a afectarle. Además, cada vez dudaba más de las verdaderas intenciones de Sophia. Le había castigado aquel día en el comedor y no le inspiraba nada de confianza... pero aquella noche, parecía estar comportándose más como una aliada que como una enemiga. ¿Qué había cambiado exactamente?

-Vamos -escuchó entonces la voz de Sophia, llamándole desde la sala contigua -. Estoy segura de que lo que viene ahora te gustará.

Zèon se preguntó qué podría hacer pensar a aquella mujer que algo dentro de la Caja podía llegar a gustarle, pero decidió no cuestionarse sus palabras y avanzar tras ella. Pronto pasó a la otra sala, de planta circular y bastante más pequeña que la anterior. Parecía más un almacén que otra cosa, y estaba vacía, salvo por unas cuantas vitrinas cilíndricas que se disponían en corro contra las paredes metálicas de la sala.

Zèon fijó su mirada en la primera de ellas y distinguió de nuevo una imagen que flotaba, ingrávida y traslúcida, en el interior de la vitrina. Parecía extrañamente inmaterial, como si al intentar tocarla sus zarpas fueran a atravesar el aire, pero se trataba de una figura que él conocía muy bien.

-Esto... -murmuró, sorprendido -. Esto es mi cubo.

Sophia asintió. Si se encontraba satisfecha, no lo mencionó. El zorro ártico dirigió su mirada a la siguiente vitrina, con curiosidad, y descubrió que allí también flotaba la imagen de su cubo, sólo que en esta ocasión sus colores mostraban un diseño diferente. Sacudió la cabeza, perplejo.

-¿Por qué está aquí? -preguntó, esperando que Sophia no le mantuviera durante más tiempo en suspense. Cada vez le costaba más esfuerzo no abalanzarse sobre ella y arrancarle las respuestas a zarpazos.

-Son logros -susurró la mujer, con un extraño tono en su voz.

-¿Logros de los kane y los fehlar? -aventuró Zèon, enlazando aquella idea rápidamente con lo que ya sabía.

-Exactamente.

El zorro ártico asintió, sin poder evitar recordar la discusión que Ike y Kainn habían tenido el día que Vent había llegado a la Caja. Kainn había sugerido que los humanos les observaban para reírse de su cobardía y Zèon le había contradicho, diciendo que era más lógico pensar que lo que les interesaba realmente era averiguar hasta qué punto estaban a la altura de la raza humana. O, dicho de otro modo, hasta qué punto eran seres racionales e inteligentes. En ese momento, Zèon lo había dicho para sacar del apuro a Vent y detener el conflicto que se había generado con su llegada, puesto que no tenía mayor certeza de lo que estaba diciendo que Kainn.

Sin embargo, aquella era una teoría interesante y, hasta cierto punto, probable. Le había dado vueltas durante muchas largas noches, preguntándose si realmente aquellos humanos estarían midiendo las capacidades racionales de los kane y los fehlar, tratando de decidir si merecía la pena mantenerlos con vida o no.

Y parecía que así era. Al menos, aquella sala llena de "logros" así parecía demostrarlo.

-Varias de las imágenes que ves en estos estantes están extraídas de experiencias que tú llevaste a cabo -continuó Sophia, con suavidad -. Pero te equivocas respecto al cubo. Tú no fuiste el primero en completar su rompecabezas, sino...

-...sino Adam -completó el zorro ártico, a media voz.

Sophia asintió.

-Vulpes A. Él fue el primero de los vuestros en demostrar una capacidad de observación y lógica equiparable a la humana. Y superior, en el caso de algunos -masculló la mujer para sí misma -. Barrió por los suelos todas las teorías que los gubernamentales sostenían acerca de vuestra primitiva inteligencia. Les demostró hasta qué punto estaban equivocados respecto a vosotros -añadió, con cierto tono de satisfacción.

-Pero, ¿por qué acabó así? ¿Por qué le...? -comenzó Zèon, aunque se interrumpió a mitad de frase.

Hasta aquel momento no lo había pensado, pero lo cierto era que si se detenía por un segundo y rememoraba los últimos acontecimientos, las similitudes entre Adam y él comenzaban a ser preocupantes. Por una parte, ambos habían desafiado aquella concepción de que los kane y los fehlar no eran más que animales salvajes, sin inteligencia racional. Por otro lado... ambos habían atravesado las puertas de cristal, dirigiéndose hacia el centro de operaciones de Sophia, voluntaria o involuntariamente.

El zorro ártico languideció, mientras una certeza se apoderaba de su mente.

-Vosotros le hicisteis venir aquí porque era inteligente -murmuró, a media voz -. Había algo que queríais comprobar con él... ¿verdad? Algo con lo que queríais... experimentar.

De nuevo, Sophia esbozó una media sonrisa.

-Veo que piensas rápido. Así es. En cuanto fuimos plenamente consciente de las capacidades de Vulpes A, le hicimos venir aquí para realizar unas cuantas pruebas con él. Por desgracia, el resultado no fue... satisfactorio -suspiró la mujer. No parecía apenada, sino más bien decepcionada.

Zèon tragó saliva, mirando horrorizado a la mujer.

-¿Por eso me has hecho venir aquí? -preguntó, intentando evitar que le temblara la voz -. ¿Es que quieres repetir el experimento conmigo?

Sophia mantuvo su mirada durante unos instantes, impasible desde detrás de sus gruesas gafas. El silencio se hizo cada vez más tenso, hasta llegar a ser insoportable. Al cabo de un rato, la sonrisa de la mujer se acentuó.

-Tiempo al tiempo -respondió, simplemente -. De momento, estaría sumamente interesada en escuchar tus teorías acerca de lo que es este lugar.

-¿Y si no quiero compartirlas contigo? -la desafió Zèon, sintiéndose más incómodo por momentos.

La mujer apartó la mirada y dejó escapar una corta carcajada. El zorro ártico se estremeció; era la primera vez que la oía reír y, por algún motivo, le sonaba extrañamente antinatural.

-Por favor, Lagopus Z. ¿Acaso crees que tienes otra elección? Te recuerdo que te encuentras en una situación francamente delicada. Si estás aquí ahora mismo, es porque tienes la suerte de que me fascina tu especie y siento cierta curiosidad por tu opinión... lo cual no es algo que pueda decirse del resto de gubernamentales -añadió, adoptando de nuevo aquel tono tan extraño -. Aprovéchate de mi paciencia y curiosidad, porque en este preciso instante, te conviene enormemente ganar tiempo, ¿no crees?

<<Tiene razón>> pensó Zèon, frustrado <<Maldita sea, tiene razón>>. Había muchas posibilidades de que después de enseñarle todo aquello, la mujer le reservara el mismo destino que a Adam... y el zorro ártico sentía escalofríos sólo de imaginar que acabaría igual que aquel pobre diablo, juntando piezas de plástico y chillando a las paredes, mientras murmuraba cosas incomprensibles.

Por otro lado, no podía escapar, ni tratar de luchar contra Sophia, puesto que ésta aún tenía en su poder a Luca. Lo único que le quedaba hacer era ganar tiempo... y esperar a un milagro; aunque, debido a la trayectoria que estaba siguiendo aquella noche, Zèon ya había perdido la esperanza de ver uno. El zorro reprimió un grito de frustración; odiaba sentirse tan impotente.

-Creo que estáis observándonos para medir nuestra capacidad racional -murmuró, resignado, al cabo de unos segundos -. Creo que queréis descubrir si somos algo más que meros... animales.

-Es una buena teoría. ¿Pero cómo has llegado a esa conclusión?

-La vigilancia constante, las diferentes pruebas que hay en la sala de juegos y el hecho de que nos hayáis hecho vuestros prisioneros sin ningún motivo específico me parecen suficiente -argumentó el zorro ártico, encogiéndose de hombros -. Y, por supuesto, todo lo que me has enseñado esta noche. Todo parece apuntar allí. Además, si esta fuera una prisión cualquiera, también había presos humanos...

Zèon se interrumpió a mitad de la frase, al percibir un breve destello divertido en los ojos de Sophia. La mujer parecía estar riéndose interiormente de él, como si algo en sus palabras le hiciera mucha gracia. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de lo que había pasado por alto.

-¡Vent! -exclamó, sorprendido -. ¿Qué hace él aquí?

-Supongo que eso no puedes averiguarlo por ti mismo -le concedió la mujer, volviendo a su habitual media sonrisa -. Verás, Lagopus Z, nuestra investigación con respecto a los kane y los fehlar, a los que nosotros llamamos indistintamente los anthros, tiene esencialmente dos objetivos -hizo una pausa -. El primero de ellos ya lo has descubierto por tu cuenta: es averiguar hasta qué punto sois una raza con capacidades racionales. El segundo, en cambio, se relaciona con vuestra capacidad para admitir la existencia de otras razas inteligentes y relacionaros con ellas... es decir, con nosotros.

Zèon sacudió la cabeza, algo aturdido.

-Pero eso no tiene sentido. Ese segundo objetivo del que hablas no habría tenido lugar hasta hace...

-Quince días, exactamente -respondió la mujer, sucinta -. El motivo de ello es que, antes de introducir a un humano entre vosotros, teníamos que asegurarnos de que os encontrabais en un entorno que considerabais como "vuestro". Introducir a un extraño en un entorno extraño no nos habría otorgado datos relevantes. En cambio, introducirlo en un entorno conocido o familiar para los sujetos...

-...queréis saber cómo reaccionaríamos si un día los humanos aparecieran en Lykans. En nuestro mundo -comprendió Zèon, de repente -. Por eso habéis esperado a que consideráramos la Caja como "nuestra prisión"... antes de introducir a Vent entre nosotros.

Sophia asintió, satisfecha.

-Así es. Y debo decir que, hasta ahora, los resultados han sido bastante interesantes. Al fin y al cabo, Sapiens V sigue vivo. Muchos pensaron que moriría durante las primeras semanas -la mujer hizo una pausa algo larga y pareció sumida en sus pensamientos durante unos segundos; sin embargo, pronto sacudió la cabeza y continuó hablando -. Pero le habéis acogido entre vosotros.

-Eso no es del todo exacto -trató de corregirla Zèon, aún algo aturdido -. De no haber sido por Ike, Luca y yo, probablemente le habrían matado.

-Oh, pero conseguisteis que os escucharan, ¿no? -sonrió Sophia -. Fuisteis las voces que se alzaron entre la multitud para proteger al extraño, los únicos que fueron contracorriente. En el mundo del que yo vengo, la multitud habría ahogado esas voces haciéndolas desaparecer de un plumazo. En el vuestro... os hicieron caso.

Zèon no dejó de percibir el tono fascinado de la voz de la mujer y frunció el ceño. Había algo en la actitud de Sophia que no terminaba de cuadrarle, aunque no podía adivinar de qué se trataba exactamente. A fin de cuentas, ni siquiera sabía si aquella mujer le despreciaba o le admiraba, ni si le estaba ayudando o condenando al enseñarle todo aquello.

-Pero... hay guerra en nuestro mundo -se opuso, débilmente -. Los fehlar están exterminando a los kane...

-Eso no tiene importancia -le cortó la mujer, con un gesto de la mano -. En cualquier lugar, en cualquier mundo, siempre puede haber algún insensato ebrio de poder que se alce por la fuerza sobre sus semejantes y trate de ahogar su inseguridad con la sangre de sus enemigos. Ha ocurrido siempre, y siempre ocurrirá.

-¿Que no tiene importancia? -repitió Zèon, dolido, sin poder creer aquellas palabras -. ¡No dirías lo mismo si fueras tú...!

-¿...si fuera yo la que hubiera sido hecha prisionera de guerra? ¿Si fuera yo la que hubiera perdido a toda su familia? -completó Sophia, dirigiéndole una mirada cortante como el hielo.

Zèon se tambaleó, cogido por sorpresa. Ni siquiera reparó en que la media sonrisa había desaparecido del rostro de la mujer ni en que ahora había adoptado una expresión mucho más severa.

-¿Cómo sabes eso? -preguntó, asustado -. ¿Cómo puedes saberlo?

-Todos libramos nuestra propia guerra -dijo la mujer como contestación, mientras le daba la espalda y se encogía de hombros -. Eso también es algo que lleva ocurriendo desde siempre.

Y dicho esto, se introdujo en la siguiente sala, dejando detrás a un tembloroso Zèon. El zorro ártico la vio marchar, incrédulo, mientras sus pensamientos volaban, frenéticos, por su aturdida mente.

¿Cómo era posible que Sophia supiera lo que había sucedido en Lykans? ¿Lo que le había sucedido a él? Como si se tratara de una lejana pesadilla, el zorro ártico recordó el día en el que, con el único objetivo de humillarle, le había obligado a desnudarse delante de los demás kane y fehlar, enseñando así la marca de su vergüenza, que le identificaba como un esclavo sexual. En aquel momento había pensado que la mujer había intuido que había algo que quería esconder, pero ahora sabía que la verdad no era tan simple.

Sophia realmente había sabido desde el principio por qué le avergonzaba mostrarse en público. Y eso quería decir que había visto su pasado, que conocía su historia. ¿Acaso llevaba tanto tiempo vigilándole como para poder tener aquella información? ¿Desde cuándo habían estado humanos como Sophia vigilando a los kane y los fehlar, silenciosos, desde aquel otro mundo al que pertenecían? ¿Durante cuánto tiempo habían estado preparando aquellos secuestros?

El zorro ártico sintió que se mareaba e hizo un esfuerzo para mantenerse en pie y tratar de aferrarse desesperadamente a la realidad. Percibió que se había apoyado en una de las vitrinas de la sala, en la que flotaba ingrávida la imagen de una pieza de puzle. El frío tacto del metal en una de sus zarpas le hizo volver en sí levemente, y sacudió la cabeza, tratando de deshacerse del miedo y de la confusión que nublaban su mente. <<Tengo que seguir adelante>> se dijo, tratando de infundirse coraje <<Esta vez no es sólo por mí. Tengo que salvar a Luca>>.

Comenzó a caminar débilmente hacia la siguiente sala, aún muerto de miedo, y con la terrible sospecha de que aún quedaban más cosas horribles que ver. ¿Habría perdido Adam la razón después de averiguar que los humanos llevaban vigilándoles tanto tiempo? Zèon sopesó aquella posibilidad durante unos instantes, pero finalmente decidió que aquello era poco probable. No se consideraba mucho más fuerte emocionalmente que aquel zorro al que había conocido, y aunque tenía que reconocer que aquella información le había afectado profundamente, al menos aún podía ordenar sus pensamientos.

Se encontró con Sophia en la sala siguiente, pero fue incapaz de dirigirle la mirada. En su lugar, clavó los ojos en el suelo y esperó a que ella hablara, sin fuerzas para hacer más preguntas. Tuvo la extraña sensación de que había algo raro en aquella sala y de que la mujer estaba esperando a que él lo señalara, pero era consciente de que no podía dar más de sí.

-Esta sala -comenzó Sophia, después de haberle dejado unos segundos para que ordenara sus pensamientos -es mi verdadero puente de mandos. Aquí es desde donde yo dirijo todo el centro.

Zèon alzó la cabeza débilmente y dirigió una mirada a su alrededor, recuperando un pequeño vestigio de curiosidad. Lo que encontró le sorprendió sólo hasta cierto punto: la sala, a pesar de tener un tamaño considerable, se encontraba escandalosamente vacía. No había ningún mueble a la vista, ni tan sólo una ligera variación en las paredes que delatara alguna alteración en la sala. Sin embargo, pronto Zèon comprendió qué era lo que hacía aquella sala diferente, aquello por lo que Sophia había estado esperando precisamente que preguntara: las paredes.

A diferencia de las del resto del complejo (sin contar aquel lúgubre túnel en el piso inferior) no eran metálicas, sino que parecían estar hechas de un material oscuro como la obsidiana y al mismo tiempo tan brillante que prácticamente reflejaba el rostro del zorro ártico. Éste deslizó con suavidad una de sus patas por la superficie del suelo: era lisa, sin ninguna imperfección, y estaba extrañamente cálida al tacto.

Había algo en aquel material que le daba mala espina. De no haber sido porque parecía imposible, casi habría jurado que estaba... vivo.

No tuvo mucho tiempo para pensar en ello, de todas formas. Sophia dio una palmada y, con un chasquido, una de las paredes laterales de la sala parpadeó y se encendió, como si se tratara de una enorme pantalla. Zèon dejó escapar un leve gemido de sorpresa, pero se le heló la sangre en las venas en cuanto distinguió lo que la pantalla reflejaba.

Números. Infinidad de ellos.

Largas hileras de números, que iban y venían por la pantalla como hormigas en fila india: eternas ristras de números cambiantes que aparecían y desaparecían antes siquiera de que el zorro ártico pudiera apreciarlos bien. Y aunque hubiera podido hacerlo, jamás habría llegado a entenderlos del todo: aquellos eran números humanos y sólo había escuchado su significado una vez, de boca de Vent, cuando estaba demasiado centrado en otras preocupaciones como para prestarle la atención que se merecía.

Era aquello, comprendió de repente Zèon. Eran aquellos símbolos los que permanecían en los pensamientos de Adam, los que le hacían gritar de terror cuando deliraba.

Fuera lo que fuera aquella sala, había algo en ella que había conseguido que Adam enloqueciera. Un violento escalofrío sacudió su columna vertebral y tuvo que contenerse para no tratar de escapar de allí.

-¿Qué es... esto? -preguntó, al cabo de un rato. Su propia voz le sonó temblorosa y demasiado poco segura como para tomársela en serio.

-Yo lo llamo la Pecera -sonrió Sophia, mientras el brillo eléctrico de aquellas largas ristras de números se reflejaba en sus gafas -. Sé que Sapiens V te ha puesto al corriente de lo que estos símbolos significan. A Vulpes A, en cambio, sí que tuve que explicárselo.

-Son algo más que... simples números -murmuró suavemente Zèon, aunque no estaba muy seguro de sus propias palabras.

En su mente, como un eco, resonaron las palabras de Adam: <<No son números. Los números están vacíos, pero esto no. Esto es lo que lo llena todo, ¿no lo entiendes?>> había dicho el zorro, en su delirio.

¿Qué era aquello que lo llenaba todo? Zèon trató de buscar una solución a aquel enigma, aunque notaba que los engranajes de su mente se negaban a girar, y se sentía demasiado cansado como para buscar una respuesta. En lugar de eso, dirigió una larga mirada a Sophia, pensativo. Con la vista clavada en aquella enorme pantalla lena de números, con el rostro iluminado por aquella luz artificial... las facciones de la mujer casi parecían ausentes, inhumanas.

-Son algo más que simples números -concedió Sophia, asintiendo casi imperceptiblemente -. Son algo más que simple código. ¿Quieres saber lo que representan estos símbolos, Lagopus Z? ¿Quieres saber lo que esconden? Estos números son pensamientos. Son los pensamientos codificados de todos los kane y fehlar prisioneros en el centro. El recubrimiento exterior del complejo está hecho del mismo material que esta sala... y los capta, los recolecta y a continuación los dirige hacia esta sala. Yo selecciono cuáles quiero ver... y sólo yo puedo entenderlos -añadió la mujer, con un leve suspiro anhelante.

Zèon tardó unos segundos en entender lo que aquellas palabras implicaban. De nuevo acudió a su mente una imagen que había vivido con Adam, en la que él se golpeaba la cabeza y decía atropelladamente: <<Ya sabes. Lo que hay dentro. Descifras cosas con ello>>. Más adelante, el desquiciado zorro había dejado escapar una sonora carcajada cuando Zèon le había dicho que pensaría en una respuesta que darle.

Pensamientos.

Aquello era lo que aquellos números representaban, aquel era el terreno en el que Sophia se movía. Si estaba al corriente de todo lo que tenía lugar en la Caja era porque no necesitaba verles ni oírles para mantenerles vigilados; no, no necesitaba nada de eso porque podía espiar algo más íntimo, algo aún más privado. Aquella condenada mujer podía saber lo que pensaban en cualquier momento. Por eso, hiciera lo que hiciera, Zèon siempre había ido varios pasos por detrás de ella. Porque, incluso cuando había tratado de mantener en secreto sus intenciones... ella lo sabía. Conocía lo que decía y lo que callaba, las posibilidades que acogía como válidas y las que descartaba. Ni siquiera había necesitado espiarle para conocer su pasado, puesto que sus propios pensamientos lo llamaban de vuelta todas las noches, cada vez que intentaba conciliar el sueño sin éxito.

Había visto todo lo que podía ver de él. Estaba desnudo, totalmente desnudo ante la mirada de aquella mujer de rostro de hielo.

Algo se rebeló en Zèon. Algo se alzó ante la posibilidad de que todo lo que él representaba pudiera ser resumido en una serie de números, ante el hecho de haber sido desprovisto de humanidad e intimidad de aquella manera. La ira se encendió en su interior como la lava de un volcán y, para cuando quiso darse cuenta, ya estaba dejando escapar un grito de rabia mientras se abalanzaba sobre Sophia.

La mujer reaccionó rápido. Se hizo a un lado, esquivando el placaje de Zèon con una velocidad pasmosa, y dio una segunda palmada. Al instante, otra pantalla se encendió con un nuevo chasquido y en ella apareció una imagen que consiguió dejar sin aliento al zorro ártico.

Sentado en una silla, atado de pies y de manos con fuertes correas, un lobo de pelaje gris se debatía por su libertad.

-¡Luca! -exclamó el zorro ártico, sin poder contenerse,

Había algo extraño en su cabeza: una especie de casco que se cerraba justo sobre sus ojos, impidiéndole ver nada, y se extendía por su cabeza bajando por su nuca hasta llegar a la base de su espalda. Aquel extraño yelmo parecía hecho de un material negro como el azabache... el mismo material, comprendió Zèon, del que estaban hecho aquellas paredes en las que se reflejaban los números.

-¿Qué es eso? -preguntó, sintiéndose cada vez más nervioso -. ¿Qué tiene en la cabeza? ¿Qué le estáis haciendo? ¡Contesta!

-De momento, nada -respondió la mujer, con tranquilidad -. Deja que te explique por qué me gusta llamar a este sitio la Pecera, Lagopus Z. ¿Alguna vez has visto una pecera en tu mundo?

Zèon estaba demasiado furioso como para hacer memoria, pero finalmente asintió al encontrar un vago recuerdo de una pecera en una de las casas de sus antiguos amos. Sophia sonrió, satisfecha.

Entonces, se acercó a una de las paredes, lentamente, y presionó con suavidad en un punto. Al instante, se abrió un pequeño compartimento del que la mujer cogió dos objetos que al principio Zèon no pudo distinguir bien. Estuvo tentado de avanzar unos pasos, sólo para averiguar de qué se trataban, pero el miedo a que aquella mujer se tomara aquello como una amenaza e hiriera a Luca le mantuvo en el sitio.

En cualquier caso, pronto averiguó qué era lo que la mujer había sacado de la pared: dos largos guantes negros como aquel suelo, como aquellas paredes; como el casco que se cerraba en torno a la cabeza del lobo gris.

-En una pecera, puedes ver los peces a través del cristal. Ves cómo se mueven de un lado a otro, rápidamente, fluyendo por el agua. Pero si trataras de alargar la mano para coger uno, tus dedos chocarían contra el cristal, ¿verdad? Lo único que puedes hacer es observar -murmuró la mujer, mientras estiraba los dedos para que los guantes quedaran perfectamente encajados en ellos -. Pero, ¿y si pudieras atravesar el cristal y... simplemente agarrar a uno de los peces?

Zèon siguió a la mujer con la mirada, sintiéndose cada vez más horrorizado ante sus palabras. Sophia, ignorando deliberadamente su gesto de terror, avanzó hasta situarse de nuevo junto a la pantalla por la que circulaban rápidamente hileras de números. Entonces, esbozó una sonrisa extraña.

-Claro que los primeros intentos salieron mal -explicó, con cierto tono insatisfecho -. La pantalla sólo reproduce los pensamientos de un sujeto; los muestra, pero no los guarda. Por ello, tuvimos que crear un enlace. Un... accesorio mediante el cual pudiéramos manipular fácilmente los pensamientos reales del sujeto. Y de esta forma -añadió, categórica la mujer -, conseguimos asegurarnos uno de los puntos primordiales de este proyecto. Que no pudierais escapar de aquí sin dejar algo importante atrás.

-Mi... nombre... -murmuró Zèon, tragando saliva.

-Exactamente -confirmó la mujer -. Y el accesorio del que hablo es...

Sophia dejó la frase en el aire, como esperando a que el zorro la completara. Zèon odiaba sentirse tan fácilmente manipulable pero, sobre todo, temía a aquella endiablada mujer que había conseguido introducirse en sus mentes sin que ellos pudieran hacer nada para remediarlo. De modo que alargó una zarpa temblorosa hacia la pantalla en la que se podía ver a Luca, que había dejado de intentar escapar, y señaló el casco que se cerraba en torno a su cabeza.

-Excelente -suspiró la mujer -. Cada vez que traíamos a un anthro inconsciente al edificio, le colocábamos el casco y eliminábamos su nombre... de forma que algo le retuviera aquí. -Hizo una corta pausa y pareció aliviada -. Veo que no me equivocaba contigo, Lagopus Z. Eres mucho más observador que la media.

Zèon pasó por alto el cumplido. A decir verdad, en aquellos momentos ya no sabía lo que pensar. En cualquier caso, daba igual, puesto que pensara lo que pensara, Sophia podría verlo. Su corazón se debatía entre la ira que le provocaba el ver a Luca atado a aquella silla, el miedo que le infundían las palabras de Sophia y la humillación de saber que ella podía ver a través de él.

Quería huir, pero estaba incluso más atado de pies y de manos que Luca. No habría podido dar un paso en dirección a la salida sin que Sophia lo supiera de antemano. Quería atacar, pero sabía que no habría podido llegar a herir a Sophia, y que además ella tenía a Luca como escudo.

Se sentía inútil. Inútil, pequeño y terriblemente asustado.

-Lo ideal sería, sin embargo, prescindir del Casco de Enlace -continuó Sophia, hablando más para ella misma que para el zorro -. Nuestra idea es crear el enlace directamente en la mente del sujeto, sin necesidad de ningún accesorio que haga de puente. Pero eso nos dio más de un problema: la mente de cualquier individuo, por su propia naturaleza, se resiste a ser enlazada con cualquier elemento exterior. Por ello, necesitábamos hacer una selección de sujetos que parecieran... aptos, para el enlace.

Zèon comprendió, demasiado tarde.

-¿Y eso es lo que pretendéis hacer con Luca? -preguntó, horrorizado -. ¡No podéis...!

-Ah, pero estamos en ello -sonrió Sophia -. Mira a la pantalla.

El zorro ártico dirigió una mirada aterrorizada a la pantalla. Aparentemente, nada había cambiado; largas hileras de números aparecían y desaparecían en su superficie, en un alocado frenesí que sólo Sophia era capaz de entender. Sin embargo, Zèon comprendió que lo que estaba viendo en aquel momento, aunque le pareciera exactamente igual que lo anterior, era algo más específico.

Apostó, reprimiendo un escalofrío, por que aquellos números eran en realidad la representación de los pensamientos de Luca.

Sin embargo, no tuvo demasiado tiempo para pensar en ello. En ese momento, Sophia se aproximó a la pantalla que había llamado "La Pecera" anteriormente y extendió hacia ella una mano embutida en aquel extraño guante de color negro. Durante unos segundos que se hicieron eternos, Zèon tuvo la sensación de que en cualquier momento la mujer colocaría la palma de su mano sobre la superficie de la pantalla... sin embargo, en cuanto sus dedos extendidos rozaron aquella placa negra que no dejaba de reflejar números, algo extraño sucedió. El zorro ártico habría jurado que los dedos de Sophia se hundían en aquella superficie.

Y en efecto, así era. La mano entera de la mujer se sumergió en la pantalla, ante el asombro del zorro ártico, y sus dedos se cerraron en torno a un pensamiento concreto, atrapándolo al vuelo.

-¿Sabes lo que es esto? -sonrió, mientras el brillo eléctrico de la pantalla iluminaba su rostro -. Esto es lo que yo llamo el pensamiento llave. Aquel a partir del cual podemos acceder a todos los demás. Un pensamiento raíz -hizo una pausa -. Esto es el verdadero nombre de Lupus L.

Zèon dejó escapar una exclamación de sorpresa. La mujer, sin embargo, volvió su atención de nuevo a la pantalla y comenzó a unir diferentes números, conectándolos y desconectándolos como si se trataran de un gran puzle. El zorro ártico observó, sin entender, la rapidez con la que enlazaba aquellas largas hileras de código, y se preguntó qué repercusiones podía tener aquello en la mente de Luca.

En ese momento, un ruido desgarrador se alzó en la sala. El zorro ártico giró la mirada rápidamente, sobresaltado, y distinguió la imagen de Luca, que se debatía en la silla como si algo le estuviera causando un dolor insoportable. Gritaba y se retorcía, sollozando, mientras su cuerpo temblaba presa de lo que parecía una agonía indescriptible.

El corazón de Zèon se encogió al verle así.

-¡Luca! -exclamó, al borde del llanto -. ¡Suéltale! -suplicó, girándose hacia Sophia -. ¡Prometiste que no le harías nada!

La mujer se encogió de hombros, esbozando una enigmática sonrisa.

-Tengo mis motivos para no mantener mi promesa contigo. Además, creía que Lupus L soportaría la prueba, pero veo que me equivoqué. Es una lástima -añadió, y casi pareció que lo sentía de verdad -. Era un gran sujeto, pero si su mente no soporta el enlace directo con la Pecera, no sobrevivirá a esta noche.

Zèon dejó escapar un grito de rabia, incapaz de soportarlo más. Se abalanzó sobre la mujer, furioso, dispuesto a destrozarla con sus garras, a alejarla de aquella pantalla, a impedir que continuara haciéndole daño a Luca. Sin embargo, fue incapaz de dar un solo paso, puesto que rápidamente unas poderosas manos se cerraron alrededor de sus hombros y le impidieron avanzar.

Al zorro ártico le llevó unos segundos comprender que, mientras él había estado entretenido contemplando lo que Sophia estaba haciendo, dos guardas habían entrado en aquella sala sin apenas ser advertidos por nadie.

Pero aquello no era importante. Trató de debatirse, desesperado, incapaz de soportar la idea de que aquella mujer jugara con la vida de Luca como si se tratara de un mero número. Alargó sus zarpas hacia ella, tratando de alcanzarla, pero los guardas ya le habían alejado lo suficiente como para que no supusiera una amenaza. Entretanto, los gritos de dolor de Luca seguían llenando la sala.

-¡Soltadme! ¡Maldita bruja! -gritó, sin poder contenerse -. ¡Déjale en paz! ¡Me lo habías prometido!

Pero Sophia ni siquiera se dignó a mirarle. Continuaba demasiado enfrascada en su actividad como para siquiera dedicarle un ápice de su atención, y su indiferencia encendió aún más la rabia de Zèon.

Entonces, un último grito se alzó en la sala y, después, silencio.

El zorro ártico se estremeció, sin saber por qué, y tardó unos instantes en dirigir su mirada a la otra pantalla, temeroso de lo que podía llegar a ver. Se encontró con una imagen que tardaría mucho tiempo en olvidar: Luca había dejado de forcejear y gritar y se había dejado caer sobre la silla a la que estaba atado... totalmente inmóvil. Inerte. Sin vida.

Al cabo de unos segundos que se le hicieron eternos, se giró hacia la pantalla junto a la que permanecía Sophia. Estaba negra, totalmente vacía. Los números que recorrían su superficie habían desaparecido definitivamente.

Fue como si algo se rompiera en el interior de Zèon.

-Luca... -murmuró, no habría sabido decir por qué ni para quién -. No...

No podía ser cierto. Aquello simplemente no podía estar sucediendo. Sin duda, todo se trataba de una pesadilla de la que despertaría en cualquier momento. Todo era demasiado irreal como para estar verdaderamente teniendo lugar. Desde su huida alocada por los pasillos, hasta el momento en que por unos segundos había llegado incluso a creer que Sophia podía querer ayudarles... nada parecía tener ningún sentido. La lógica de todo se había perdido, y Zèon no sabía qué hacer, ni cómo reaccionar.

Y ahora, además, Luca no estaba allí. Se había ido.

-Lleváoslo a la sala del Casco de Enlace -ordenó Sophia, con una voz glacial.

El zorro ártico no opuso resistencia alguna. Mientras las lágrimas brotaban de sus ojos y goteaban por sus mejillas, ni siquiera reaccionó al ser arrastrado a través de los largos pasillos de la Caja. Sabía de sobra que si no se defendía probablemente sería conducido al mismo destino que Luca, pero en aquellos instantes, esa posibilidad no le parecía tan terrible después de todo.

Estaba solo. Por primera vez en mucho tiempo, Zèon volvía a estar solo.

Ya no sentía la necesidad de luchar, ni sabía por qué hacerlo. Su vida, desde el mismo instante en que esta había empezado a desmoronarse, carecía de valor para él. Terminarla de la misma forma que Luca, con la posibilidad de reunirse con él, quizás, más allá, era lo único que calmaba la desesperación que le había causado verle marcharse. Ni siquiera tenía miedo.

Le sentaron en una silla y cerraron con fuerza aquellas gruesas correas de cuero en torno a sus muñecas y tobillos, pero él siguió sin moverse. Después, escuchó unos pasos detrás de él y, al cabo de unos segundos, el casco que ya había visto con anterioridad cayó sobre su cabeza, cerrándose en torno a su frente y su nuca, haciéndole algo de daño. El zorro ártico casi agradeció que le impidieran ver nada, puesto que no había nada más que quisiera ver; no en la Caja, al menos. Hubo unos segundos en los que no pasó nada.

Su último pensamiento fue para Luca y recordó con dolorosa exactitud el día en que ambos se habían conocido, en que él le había salvado en mitad del bosque, ofreciéndole un lugar donde quedarse, un sitio en el que volver a tener esperanza. Una última lágrima recorrió su húmeda mejilla mientras se aferraba a aquel recuerdo como si fuera lo último que le quedaba.

Después sintió un leve pinchazo y la oscuridad le engulló.

Garragélida - Capítulo 11: Sumergido

El sol iluminaba un cielo azul, sin nubes, y sus cálidos rayos se desparramaban en las calmadas aguas del lago, reflejando agradables destellos sobre su superficie. Una suave brisa mecía las hojas de los árboles, que parecían susurrar sosegadas...

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Frostpaw - Chapter 9: Priorities

It was dark in the Box and Zèon was waiting, patiently, and lying face up in his bed. The ceiling was barely visible in that half-light, but the arctic fox kept his eyes fixed on it, trying to allow time to pass... the quicker the better. He...

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Garragélida - Capítulo 9: Prioridades

La oscuridad había caído sobre la Caja y Zèon aguardaba, pacientemente, tumbado boca-arriba en su cama. El techo era apenas visible en aquella penumbra, pero el zorro ártico mantenía sus ojos clavados en él, tratando de permitir que el tiempo...

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